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La curva es el hilo conductor de la reforma. Aparece en el techo, desciende por los volúmenes de carpintería y se traslada al mobiliario, enlazando las distintas escalas del proyecto. Más que un recurso formal, funciona como una herramienta para ordenar el espacio: suaviza los recorridos, diluye los límites y transforma una planta convencional en una concatenación de ambientes conectados.
Cocina, comedor y salón componen una única estancia de carácter flexible. Cada uso mantiene su identidad, pero ninguno queda aislado. La cocina se abre mediante una península de bordes redondeados que amplía la superficie de trabajo y crea un lugar de reunión. Frente a ella, el comedor ocupa la zona más luminosa de la vivienda, acompañado por un pequeño espacio de trabajo integrado junto a la ventana.
El techo articula el conjunto como una pieza continua. Sus cambios de nivel, resueltos mediante encuentros curvos e iluminación indirecta, dibujan ámbitos sin necesidad de levantar nuevas divisiones. La arquitectura logra así separar sin cerrar y acompañar sin imponer.
Los planos de madera clara integran almacenaje y accesos, haciendo que las puertas se integren con los revestimientos. Esta estrategia permite mantener una lectura limpia del espacio y reservar la presencia de los materiales más expresivos —el hormigón visto, las superficies pétres y la veta natural de la madera— para puntos concretos.
Bañada por una luz tamizada, la vivienda transmite una calma inmediata. Todo parece responder a una misma lógica: envolver, conectar y hacer más amable cada gesto cotidiano.
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